11.3.13

Uno… dos… tres… Si… Do… Re… Re …




Y mientras los números de transforman en letras, entre el asfixiante aroma del dióxido de carbono, sudado por la indiferencias de los ciudadanos, el saxofonista pervierte el pavimento entre las notas y la respiración que se funde en música.

El compás menos repetitivo es el sonsonete de las monedas al chocar, apenas ocho pesos en el sombrero, eso no alcanza ni para la torta del crucero, pero al menos de regreso en el metro…  Y entre apestados e ignorantes circulan las partituras de la estructura musical del lugar que defiende de ciego o el vendedor.

Subsistir apegado a los principios es más difícil que pretender que el taco de cinco varos no es del perro que camino ayer por la tarde, pero ente el clímax de la canción se asoma la pretenciosa libertad de un sol más fuerte y la ambiciosa creencia del destino precipitado que con angustia espera llegue, para el final definitivo de una sonrisa que le dignifique su existencia o le explique el creador de su destino es el mismo que da alma al saxofón. 

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