Y mientras los números de transforman en letras, entre el asfixiante aroma
del dióxido de carbono, sudado por la indiferencias de los ciudadanos, el
saxofonista pervierte el pavimento entre las notas y la respiración que se
funde en música.
El compás menos repetitivo es el sonsonete de las monedas al chocar, apenas
ocho pesos en el sombrero, eso no alcanza ni para la torta del crucero, pero al
menos de regreso en el metro… Y entre
apestados e ignorantes circulan las partituras de la estructura musical del
lugar que defiende de ciego o el vendedor.
Subsistir apegado a los principios es más difícil que pretender que el taco
de cinco varos no es del perro que camino ayer por la tarde, pero ente el clímax
de la canción se asoma la pretenciosa libertad de un sol más fuerte y la
ambiciosa creencia del destino precipitado que con angustia espera llegue, para
el final definitivo de una sonrisa que le dignifique su existencia o le
explique el creador de su destino es el mismo que da alma al saxofón.

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