Entre la inmensidad de las
calles frías, obscuras, húmedas, faltas del calor humano, aunando el pútrido
aroma a muerto con la carne infectada, sobre la lechosa pus saliendo a
borbotones de carne con las mordidas de los posibles cadáveres, el aroma a
flores contaminadas con ceniza de cigarro mojada, con el sabor amargo de la
hiel rozando los labios y voces de agonía al vació vive ella; esa pequeña que
a falta de amor, está en búsqueda constante de lo que le negaron.
Los adoquines de los parques
son testigos implacables de su obstinación y las suelas de los zapatos víctimas
directas de la apatía de unos padres sin conciencia. Su compañía más directa son las ratas que por
el alba la pretenden como almuerzo, sin rumbo fijo vagabundeando por los
rincones más repulsivos de la ciudad, con una rodilla zafada a consecuencia de
un frívolo humano que se divirtió intentándola atropellar, sin una oreja, ropa deshilachada y el cabello
enmarañado, la tez pálida en reflejo del sentimiento que día a día la rodea.
Se le ve a Esperanza apagada deambulando entre
las sobras, con la misión de escudriñar cada uno de los recovecos del mundo en
búsqueda de lo que su nombre le asigno e inconscientemente sus padres la
maldijeron. Conoce el sentimiento por lo que alcanza a ver en el aparador de
las tiendas departamentales, con lo que ve por la televisión, pero
experimentarlo será una aventura que espera con ansias.
Entre los dedos gastados, algunos
sin uñas y su apariencia gris verdosa no pasa desapercibida entre los mortales
aquellos que la discriminan con demasía enfrentándose a las miradas de atrocidad y el intento por su
cuidado diario, le han deteriorado algo más que las ganas de encontrar algo que
la haga sentir, en cualquier momento olvidara lo poco que sabe sobre los
papeleos y dejara salir su lado salvaje para pretender no perder lo que el
destino le arrebato... el amor.

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